ALGO HA SUCEDIDO

Debo tener cuidado. El mundo es ahora un lugar peligroso, no sólo hemos perdido la preciosa estabilidad de los dorados tiempos de la guerra fría, sino que cada vez más cosas no son lo que parecen. Ahora –por ejemplo– a simple vista ya no hay mas viejos. Haga la prueba, párese en 21 y Ellauri a las seis de la tarde y busque una cabellera blanca. ¿Vio? Cero, ninguna, nada. Pero nada de nada. La gente ya no encanece. En lugar de volvérsele blanco, ahora a los viejos y a las viejas el pelo se les vuelve colorado.  Sucedió de a poco, al principio las víctimas del nuevo mal eran las mujeres, pero ahora la epidemia ya ha alcanzado a los hombres. Ya no se ven más aquellas abuelas de cabellos plateados o color nube celestosa tras un lavado con azul de rectic. Ya no más aquellos abuelos de blancas y grasosas melenas jugando a la brisca en el fondo del boliche. Ahora son señores de pelo colorado, o si nó, pelados cabezas de tuna sin el más mínimo recuerdo de cabello en sus cobrizos marotes. ¿Como saber entonces si uno se halla ante un viejo o una vieja? ¿Por la ropa? Tampoco. 

Párese en 21 de Septiembre y Ellauri y busque a alguna señora con batón y termitas o a algún señor con pijama de salir y pantuflas. ¡No existen! ¡Desaparecieron! El mundo está lleno de gente vestida como adolescentes, y por eso hay que tener cuidado. Mire lo que me pasó a mi, por ejemplo.  

La otra vez me divorcié y cambié de barrio. Estaba de licencia, y  para comenzar a integrarme e ir conociendo a los vecinos (bueno, para qué le voy a mentir, en realidad era para relojear a las vecinas), me afeité a ras, me engominé bien, me encajé Pino Silvestre, me puse el pijama de salir, saqué a la vereda la sillita de paja, y me senté a tomar mate en la puerta de mi casa, haciendo como que leía El País de los domingos (digo haciendo porque como no me había puesto los lentes, en realidad no podía leer nada más que los titulares de la primera plana).  

Como mi amigo Jaime me había dicho que enfrente vivía una divorciada muy simpática, mi visión lateral estaba enfocada en detectar algún movimiento en esa casa. Y allí estaba entonces yo, haciendo como que leía el diario, mateando manso, prendiendo un La Paz Suave de vez en cuando, dando los buenos días a los transeúntes (la mayoría de los cuales, no se por qué, me miraban medio raro), cuando de la casa de enfrente salió una muchacha bronceada de rojos cabellos, con unos jeans apretados,  musculosa fluorescente naranja, y romanitas al tono. “Será la hija” –pensé mientras la miraba de reojo y seguía haciendo como que leía el diario. Al rato, volvió con una bolsa de la panadería, evidentemente conteniendo los bizcochos para el desayuno o algo por el estilo. 

En el mismo momento en que la muchacha volvía de la panadería, otra muchacha bronceada de rojos cabellos, pescadores blancos ajustados, musculosa fluorescente amarilla y romanitas también al tono, salió de la casa con una bolsa de nylon y la llevó hasta el contenedor de basura. “¡Caramba!” –pensé– “ésta mujer tiene dos hijas adolescentes, no me habían dicho”. Para mi asombro, mientras las dos muchachas estaban conversando de algo en la puerta de la casa, de su interior salió una tercera, también bronceada, también con el cabello rojo, con bermudas negras de lycra, musculosa fluorescente verde, otra vez de nuevo romanitas al tono, y una correa con un perro al final haciendo juego con las bermudas. “¡Tres hijas”! –casi grité, mientras mi entusiasmo donjuanezco mermaba hasta casi desaparecer.  

Abrumado por el contratiempo (pues una divorciada con tres hijas es anatema, por más linda que sea), doblé el diario lo mejor que pude (luego de abierto es imposible retornar ese diario a su estado anterior), me lo puse bajo el brazo izquierdo, abracé mi termo, y mientras con una mano apretaba mi mate, con la otra tomé mi silla y haciéndola bascular levemente me metí en mi casa. Dejé el pijama cuidadosamente doblado en la silla del dormitorio, me calcé las franciscanas, me puse el pantalón de verano, elegí uno de mis camisacos (el gris), un par de medias al tono, repasé mi pelo atordillado con otro poco de Glostora, y con un hondo sentimiento de frustración me fuí a terminar de desayunar al Expreso Pocitos.  

Allí me encontré con mi amigo Jaime, que demoraba su capuchino con plantillas a la espera de algún alma gemela y sonrió ampliamente cuando me vió entrar al templo. –¿Qué te pasa que tenés esa cara, che? –me preguntó no bien su miopía le permitió distinguir mi expresión abrumada. Cuando le conté lo que me había sucedido comenzó a reirse. Jaime reía y reía y yo no entendía nada y como que comencé a enojarme. –Vos no me habías dicho nada de que la vecina de enfrente tenía tres hijas adolescentes –le recriminé, y a Jaime le dió otro ataque de risa. –¿Qué tres hijas ni que ocho cuartos? –dijo cuando pudo dejar de reírse. –Esa mujer vive con la madre y la hija, pelotudo, 60, 40 y 20 pirulos…  –agregó. Y ahi lo comprendí todo, y por eso las reflexiones del principio. Me miré en el espejo del fondo y tomé conciencia de que si quería seguir en competencia debía cambiar mi imagen. 

Esa misma mañana fui a la peluquería y me transformé en un pelirojo de pelo corto. Luego me metí en el Shoping y me compré unos Nike Air, un par de Levi’s 505 (tampoco es cuestión de exagerar) y algunas camisetas (T-shirts, me dijo el vendedor que se llaman ahora) con tonterías escritas en inglés (tendré que bajar la panza). Mañana tengo hora con el oculista para que me recete lentes de contacto. Jaime también me recomendó que cambiara los La Paz Suave por Gitanes, si podía, o al menos por Marlboro. Me parece que esa será la parte más dura de mi agiornamento, pero bueno, es una cuestión de vida o muerte. O eso, o el Piñeiro del Campo.

Propiamente Dicho Agosto 28th, 2008 at 12:25am  



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