Los caminos de la Libertad

Andrés Capelán

1 LAS ARVEJAS 

Fue un segundo de distracción. Miré para otro lado y cuando volví a mirar ya no estaban. El problema era grave, porque una ensalada rusa sin arvejas no es una ensalada rusa. Yo abrí la lata, las colé y las dejé ahí en el colador arriba de la mesa, y  de repente, miré y no estaban. Me quedé duro, paralizado.  

Si las dejé ahí: ¿como era que ahora no estaban? –pensé. Y mientras pensaba, por el rabillo del ojo las ví huyendo, rodando todas hacia la puerta de la cocina. Me moví rápido, de una zancada gané la puerta y la cerré antes de que llegaran. Si lograban alcanzar el jardín las perdería para siempre, ya que se mimetizarían entre las matas de arándanos aún verdes, y sería imposible distinguirlas. Con el colador en la mano me incliné hacia ellas sonriendo, seguro de mi triunfo.  

Sin embargo, las muy taimadas no detuvieron su marcha. Entre la puerta de la cocina cerrada y el piso, hay una distancia de cuatro milímetros y eso fue suficiente para que –ante mi asombro- se escaparan por ahí. En grupos de diez o doce, en hileras paralelas, todas y cada una lograron escabullirse impunemente. Pude haber aplastado a las últimas hileras con mi pie derecho, pero no tuve el valor. No me gusta la violencia y detesto la sangre, aunque sea verde.  

Miré hacia afuera y las vi perderse entre los arándanos, rebotando de alegría. Está bien –pensé- ellas también tienen derecho a ser libres. Sonriendo, volví a la mesada de la cocina, puse las rodajas de zanahoria y los cubos de papa de nuevo a hervir en la cacerola, y ese día almorcé churrasco con puré. Estaba rico igual, y me ahorré la mayonesa. 

LOS CAMINOS DE LA LIBERTAD

LAS SARDINAS 

Las sardinas en aceite se me quisieron escapar (claro, el aceite es resbaloso, debería haberlo tenido en cuenta, debería haber tapado bien el frasco) y en el apuro por evitarlo, me apreté el ojo con la puerta de la heladera. De atropellado no más, me quedó el ojo aprisionado por el burlete y de la impresión no podía ir ni para atrás ni para adelante, quedé ahí, congelado (es que  la heladera estaba como en “6″), sin poder moverme, en parte por el dolor, en parte por el susto. 

Ví las estrellas. Si, con el ojo que me quedó afuera veía por la ventana las estrellas de la noche del domingo, mientras con el que me quedó apretado veía cómo las sardinas salían del frasco y comenzaban a galopar por la rejilla del estante de la heladera.

Junté fuerzas y -tirando la cabeza hacia atrás- cerré de golpe la heladera, en el mismo momento en que arrancaba su motor. Escuché cómo las sardinas gritaron del susto (Las entiendo: el golpe de la puerta, el ruido del motor, la súbita oscuridad, si, no debe de haber sido fácil para ellas) y luego cómo se deslizaban de nuevo hacia la seguridad de su frasco. 

Anoche no cené. Tras ponerme untisal en el globo ocular, lo vendé lo mejor que pude, me tomé un antinflamatorio y un Lexotán 12, y me fuí a dormir. Hoy me desperté mejor, todavía me duele pero se soporta. Aún no me he atrevido a abrir la heladera, estoy juntando fuerzas. Adentro es todo silencio, pero estoy seguro de que apenas abra la puerta, las sardinas saltarán nuevamente de su frasco buscando otra vez una libertad que no estoy dispuesto a concederles…

Propiamente Dicho Abril 10th, 2008 at 09:17pm  



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